La nación catalana

A continuación os dejo un artículo de Pedro Zabala que me ha parecido muy interesante por cómo aborda el tema de los nacionalismos en general y el catalán en particular. Espero sea de vuestro interés:

bandera catalunyaHe leído con atención y respeto el escrito que unos cristianos catalanes (Grup Sant Jordi) han dirigido a los cristianos españoles intentando explicar su postura por un reconocimiento de la identidad catalana a través de su independencia, dada la intransigente postura uniformista y centralizadora del Estado español. Acaban el escrito pidiendo que, fuere cual fuere, el resultado del proceso emprendido por el Pueblo catalán hacia su soberanía, no se rompan los lazos evangélicos que como miembros de la misma Iglesia debemos tener y que podamos colaborar en las necesarias tareas comunes.

Alegan como claves para entender la identidad catalana una lengua propia (con su literatura), una cultura específica, un derecho propio, una tradición secular, y unos símbolos identificadores. Es de justicia reconocer que es así. Y que, por consiguiente, Cataluña es una nación, una nación cultural.

Pero, a mi juicio, una nación cultural no es una nación política. Las naciones culturales son muy variadas y sus rasgos identificadores distintos en cada uno de ellas. Pongamos el caso del pueblo judío, lanzado al exilio; su condición de exiliados, la Biblia y el hebreo utilizado en sus ceremonias fueron durante siglos sus señas de identidad, no el territorio. El moderno Estado de Israel, construcción del sionismo, es una nación política que se basa en aquella nación cultural, pero no abarca a todos sus componentes, que no son, en parte porque no quieren, ciudadanos israelíes. Las naciones culturales tienen en común ser comunidades abiertas hacia dentro y hacia fuera. No son uniformes, no necesitan una autoridad común, ni una identidad política. ¿Forman una nación cultural basada en el idioma, Alemania, Austria, los cantones germanófonos de Suiza, los Sudetes y la Prusia Oriental, hoy territorio polaco?.

Según lo que he aprendido, la naciones políticas, todas, son un invento de un nacionalismo. Utilizan, es cierto, como base o pretexto una nación cultural, anterior a ellos. El primer nacionalismo fué el francés, cuando su famosa revolución. Se basan en una mitologización de la historia, buscando antecedentes remotos, resaltando algunos aspectos de la misma, oscureciendo otros y analizándolos con categorías políticas modernas ajenas a la mentalidad de sus protagonistas. Como querían romper con la monarquía, buscaron antecedentes más remotos que los francos y se remontaron a los galos y a su resistencia frente a los romanos. Luego cogieron el concepto de soberanía que Bodino, secularizando la potestad sagrado de los papas, lo trasladó a los monarcas absolutos y lo aplicaron al tercer estado, la nación mítica que estaban creando. Luego estaban el monolingüismo y el monismo jurídico: un sólo idioma y un sólo derecho, emanado de la voluntad general expresado en la ley, ante la cual todos los ciudadanos son iguales. Consecuencia de ello es la distinción radical entre el nacional y el extranjero que sólo por el hecho de serlo se convierte en sospechoso. Y como colofón el carácter sagrado de las fronteras: por el deslinde de esas rayas artificiales se justificarían toda clase de guerras. La escuela nacional, el ejército, fruto de un servicio militar obligatorio, -la nación en armas- y las aduanas son la columna vertebral de los auténticos Estados nacionales.

Las invasiones napoleónicas sembraron Europa de nacionalismos. Ahí está la raíz y savia nutricia de los nacionalismos: la oposición a otro nacionalismo, los males de nuestra nación derivan de otra nación enemiga de nuestro progreso. El nacionalismo español, el primero de todos los que existen en nuestra vieja piel de toro, tuvo como secular referencia a la traidora Francia y la pérfida Albión. La guerra de la Independencia tuvo como protagonistas a aquellos guerrilleros, que sostenidos por Juntas Locales de cada territorio mantenían en jaque al ejército francés. Pero la Constitución de 1812, la Pepa, no recogió ese origen plural, sino que, copiando el jacobinismo de los invasores, creó la nación política española intentando borrar la memoria de los Pueblos de nuestra historia real y negando la realidad intrahistórica de la pluralidad de naciones culturales que somos. Y como reacción a ese nacionalismo español surgieron los nacionalismos periféricos, alimentándose mutuamente en una cadena ininterrumpida de malentendidos y despropósitos. No es casualidad que esos nacionalismos centrífugos nacieran con más fuerza en Países con una lengua propia y que conservaban memoria de sus instituciones de autogobierno.

Uno de estos nacionalismos reactivos es el catalán. Con todas las características de todos los nacionalismos. Señalaré dos hechos, desconocidos voluntariamente por la mitología españolista o catalanista. Los primeros hispanos a los que se aplicó el gentilicio de españoles fueron los antepasados de los actuales catalanes: cuando huyendo de los invasores musulmanes se refugiaron en tierras de Occitania, los llamaron españoles. Y etimológicamente, catalán y castellano significan lo mismo: habitante de castillo.

Cataluña, como todos los Pueblos del mundo es, desde sus orígenes, una tierra mestiza. Uno de sus valles pirenaicos, el de Arán, lleva un nombre que es una redundancia: Arán en euskara, significa valle, y su habla propia no es el catalán, sino el aranés, variante del idioma gascón o wascón. Peculiaridad lingüística reconocida en el Estatut. Es curioso el modo cómo se incorporó al Condado de Barcelona: a través de un contrato de concubinato, refrendado por todos los obispos y nobles del Principado, entre Jaume I, ya casado, y la señora del Valle: si tenían descendencia, el hijo lo heredaba, pero enfeudado al Condado de Barcelona. Como Andorra tenía tenía dos señores, el obispo de Seo de Urgell y el rey franco, es una excepción dentro de esa línea de incorporación. La política de Jaume I quiso crear un conjunto de comunidades políticas federadas por un sólo monarca, Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, y otros territorios a caballo de los Pirineos, pero fracasó por la conjunción política del Papado y el reino de Francia. La puntilla sería posteriormente con la cruzada contra los cátaros.

Por eso, es un error de la mitología españolista defender que Cataluña perteneció al reino de Aragón. Una cosa era este reino y otra la Corona de Aragón, el Casal de A´ragó, al que pertenecían tanto el reino de este nombre como el principado de Cataluña, los reinos de Valencia y Mallorca (Baleares) y en la época de su máxima expansión por el Mediterráneo, Cerdeña, Nápoles y Sicilia.

La historia de Cataluña no fue tan idílica como nos pinta su nacionalismo. La oposición entre Cataluña Vieja, territorio feudal, y los centros urbanos de Barcelona, Lleida, Tarragona Y Tortosa, con un derecho distinto, basado en el romano y favorable a libertades ciudadanas, fue constante. Los malos usos de los payeses, sometidos a atropellos constantes, fueron motivos de múltiples revueltas, amortiguadas después de la sentencia arbitral de Fernando el Católico. El problema de su bandolerismo endémico y los enfrentamientos, mal resueltos, entre la Busca y la Biga, son parte de esa historia. En la época moderna las luchas sindicalistas contra la burguesía dieron lugar a sangrientos sucesos y represiones.

Los puertos del Mediterráneo, se regían por un derecho no de origen político, sino consuetudinario común a todos ellos, recogido en el Libro del Consolat del Mar. Muestra de que no existían aún las naciones políticas.

Cataluña tiene sus símbolos, algunos de ellos tremendamente emocionales. Como la barretina, gorro anatolio y la sardana, esa danza civilizada, abierta a cuantos quieran participar en ella, signo de una fraternidad comunitaria, con claro origen helénico. Pero modernamente también, como expresión mestiza, las rumbas que popularizara Peret. Y el Barça mucho más que un club, fue fundado por un suizo y su máxima estrella actual es argentino.

Muchos son los políticos que representan la historia catalana. No sólo Casanova y Maciá; a ellos hay que añadir los nombres de Prat de la Riba, Cambó, Prim, Cambó, Ferrer, Durruti y otros más recientes como Alfonso Carlos Comín.

Conocida es la alianza que durante el siglo XIX y primera parte del XX se dió entre las burguesía catalana y la bilbaina con los latifundistas de la meseta y andaluces para implantar un política proteccionista que defendiera sus intereses, en perjuicio de los consumidores y de industrias de otros territorios.

El desarrollo económico catalán se debió a la iniciativa de una burguesía emprendedora y al trabajo de millares de emigrantes que venidos de todos los rincones de la Península, aportaron su esfuerzo. Algunos los calificaron despectivamente de charnegos. Pero allí se quedaron y contrajeron matrimonios, incrementando la tradición mestiza de Cataluña. Hablaban la mayoría esa lingua franca que es el castellano desde hace siglos. Pero enseguida, aunque no lo hablaran, comprendieron el catalán, en la fábricas, en los calles, en los comercios y hasta en sus casas, en un ejemplar ejercicio de convivencia sesquilingüísta.

¿Acaso son menos catalanes que Verdaguer y Maragall otros escritores que utilizaron el castellano su literatura como Josep Pla, Eugenio D´Ors, Vázquez Montalbán o Marsé?.

Os quejáis, hermanos catalanes, de “un trato injusto que impone una solidaridad empobrecedora del territorio catalán”. Seguramente otros territorios hispanos puedan decir lo mismo. Pero, pienso yo, que una solidaridad aunque sea impuesta, será necesaria, para favorecer a los más necesitados y garantizar un nivel mínimo igual de servicios sociales para todos los habitantes del Estado. Lo malo es que el dinero procedente de esa exacción no haya cumplido en gran parte esa función y se haya dirigido al rescate de la banca, también de la catalana. De todas formas, hay que pactar, entre todos, un nuevo sistema de reparto de esos fondos.

Dos exabruptos de políticos catalanistas han levantado ampollas. El primero en forma de slogan: España nos roba es una mentira engendradora de odio. En España hay ladrones sí y de guante blanco. Roban mucho y a los que menos tienen, sean de Cataluña o de las Hurdes. Y esos ladrones egregios pueden ser catalanes o de cualquier rincón de las Españas. El segundo es la pretensión expansionista, basada en el idioma, de que se incorporen al proyectado Estado catalán, no sólo el Rosellón -la Cataluña norte-, sino también Valencia, Baleares y la Franja aragonesa contigua. ¿Por qué no Andorra?.

Tras la transición del franquismo a la actual democracia, se promulgó la vigente Constitución español, fruto de una transacción entre el nacionalismo español y los centrífugos. De ese carácter transaccional derivan sus contradicciones, y ambigüedades que han dado lugar a tantos problemas en su aplicación y desarrollo, agravados por el timorato cortoplazismo de normas que se dictaron en su desarrollo. A esto hay que añadir la constitución de la Unión Europea con importantes cesiones de la soberanía estatal a las instituciones comunitarias

Lo que el devenir de estos últimos ha puesto de manifiesto son caracteres comunes a los políticos españolistas de Madrid y a los catalanistas de Barcelona: su cerrazón y escasa voluntad de diálogo; sus abundantes corrupciones en provecho personal o de las cajas de sus partidos y el tejer de redes de camuflaje para procurarse impunidad; los abundantes actos delictivos por evasión de divisas, enviando dinero a paraísos fiscales; y su política compartida de recortes sociales.

Perdonad la largura de esta contestación. Considero que vuestra opción soberanista, que no comparto y me duele, puede ser éticamente lícita si excluye como decís la violación de derechos humanos humanos fundamentales, (¿no es uno de ellos el derecho de las familias a que sus hijos en la enseñanza obligatoria reciban el núcleo de la misma en su idioma vernáculo, sin perjuicio de que aprendan además el idioma propio del País u otros idiomas?). Es una pena que no estén presentes hoy las dos virtudes más típicas del genio político catalán: el seny el pactismo, éste último tuvo su más importante expresión en aquel Compromiso de Caspe, en el que representantes de Aragón, Cataluña y Valencia, bajo la inspiración de san Vicente Ferrer, resolvieron un problema sucesorio nombrando a Fernando de Trastamara.

No concluiré sin expresar mi anhelo más íntimo: la configuración de la comunidad hispana como una federación de nacionales culturales, en una red de patrias escalonadas, desde lo más próximo hasta abarcar a toda la humanidad. ¿No debe haber una enseñanza sesquilingüística (facultad de entender un idioma sin necesidad de dominarlo) a todos sus jóvenes de todos los romances hispanos -catalán, fabla aragonesa, astur-leonés, gallego-portugués-, extendida a todos los hablados en Europa?.

Pase lo que pase, seguiré apostando por conservar mi ligazón evangélica con vosotros. Claro que os pregunto: ¿mantenéis esa conexión con los otros cristianos catalanes que no comparten vuestra aspiración soberanista?.

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One Response to La nación catalana

  1. bestasalvaxe dice:

    Menos mal que los gallegos nos independizamos incluso mucho antes de la unificación de España, tanto que cada uno formamos nuestra propia república independiente.

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